Ser Mujer

Hoy, en el Día Internacional de la Mujer (y como mujer que soy, valga la redundancia), quería compartir con todos vosotrxs algo que me sucedió hace unos días, cuando salí celebrar el cumpleaños de uno de mis amigos. Fue algo que me hizo reflexionar sobre “SER MUJER” y que he considerado necesario compartirlo en este día tan importante de lucha, reivindicación y entrega como hoy.

Como sabéis, soy Felipa Gea, Psicóloga, Sexóloga y Neuropsicóloga, como veis, todo terminado en -a. No en -e, ni -o, ni tan siquiera en -i. No, no.

En -a, como todo lo relativo a la mujer.

Quizás alguien se echa las manos a la cabeza y piensa que lo que voy a contar es una barbaridad o exageración, pero ¿sabéis qué? A mí me parece una atrocidad mucho mayor el colocarse una venda en los ojos e intentar cruzar una avenida en hora punta. Para gustos, colores… o eso dice, ¿no?

Como os he dicho antes, era el cumpleaños de mi amigo y salimos a celebrarlo. La “Edad de Cristo” no es algo que llega todos los días. Una vez en la discoteca, me acerqué a la barra para pedir una copa. Allí, una camarera guapa, ceñida, de escote y pelo perfectos, sonreía a los chicos guapos y se mostraba muy antipática con el resto. Incluida yo. A mi derecha, un grupo de tres hombres jóvenes a los que la camarera atendía gustosa y risueña. En ese mismo instante, abro la boca para pedir, uno de los chicos se gira y pregunta “¿de dónde eres?”.

[INCISO: Como muchos de vosotros y vosotras sabéis, aunque mi desarrollo personal y profesional está ahora mismo en Valencia, soy nacida y criada en Murcia (más concretamente, en Bullas). Por tanto, mi acento y mis raíces son clara y obviamente de mi tierra, como es lógico.]

El caso es que yo contesto al chico: soy de Murcia. Y, a partir de ahí, comenzamos una conversación. Durante la misma, me hace saber que trabaja casualmente en Murcia y por eso le había llamado tanto la atención mi acento. Durante el transcurso de la conversación, me entero también de que es PSICÓLOGO. En mi mente, ¡anda, como yo! Y también los chicos que le acompañan. ¡Bingo! Parecía una convención.

Como os podéis imaginar, le hago saber de manera sorprendida, pero entusiasta, que también soy PSICÓLOGA. Y es, entonces cuando la conversación da un giro. Los amigos, que hasta entonces habían permanecido ajenos a nuestra conversación (pero muy atentos a la embutida camarera), decidieron introducirse con una única intención: vacilar. En ese momento, aunque un poco mosqueada por su repentina actitud, paso de ellos y sigo hablando con el psicólogo que trabaja en mi tierra. ¿Cuál es tu labor?, ¿dónde trabajas?, ¿tus amigos trabajan?

Su respuesta: ¡SÍ!

Mi pregunta: ¿Dónde? ¿Con qué condiciones?

Indagué, indagué mucho. Y encontré lo que también ocurre en otras muchas carreras: educación social, enfermería, magisterio, etc.

En definitiva, todos estaban contratados como psicólogos.

En ese mismo instante, ya calentita por lo imbéciles integrales que estaban mostrándose, terminé por estallar de indignación.

Sí, me enfadé y me indigné, ¡sí! Y puede que estéis pensando que lo hice porque me estaban vacilando. Pero, no. Si bien, no voy a mentiros, el que fueran “tontos del pijo” (así se dice en Bullas) no ayudaba.  Lo que realmente me hizo alcanzar la frustración fue que todos ellos tenían trabajo como psicólogos.

Os explico por qué eso resulta tan terriblemente frustrante para mí. En psicología, el número de hombres es reducido. Para que os hagáis una idea, en mi clase, por ejemplo, de entre 100 personas sólo 5 eran hombres, por lo que la probabilidad de que un hombre llegue a un puesto de trabajo, como psicólogo, es mucho menor respecto a la que encontramos para la mujer. Por lo tanto, en lo que se refiere a la estadística, debería de ser más difícil que un puesto de psicología esté ocupado por un hombre a que lo esté ocupado por una mujer, ¿verdad? Bien, pues a esto se suma que es muy difícil alcanzar un puesto de psicóloga. Casi todas, y hablo en femenino porque, en el gremio, la mayoría somos mujeres; nos vemos abocadas a trabajar como autónomas. De hecho, yo misma estoy en búsqueda constante de trabajo desde que acabé la carrera. Y, actualmente, soy autónoma, porque no tengo otro remedio.

Con todo esto, dónde os quiero llevar es a la frustración que yo sentí y sigo sintiendo desde aquella noche. Quizás soy ilusa, pero hasta esa misma noche no había sido tan consciente de la desigualdad que también existía en mi profesión. Profesión que amo y trabajo cada día por sacar adelante.

Desde entonces, lo que ronda en mi cabeza es lo siguiente: “si la probabilidad de optar a un puesto de psicología es pequeña y la probabilidad de que ese puesto sea ocupado por un hombre es más pequeña todavía, ¿por qué todos esos hombres estaban contratados en trabajos de psicología?”

Tras aquella torpe circunstancia me quedó claro, “el hombre es hombre y nosotras mujeres”. Da igual en el gremio que te muevas, la desigualdad hacia la mujer está patente en cada poro de esta sociedad: machismo, violencia de género, agresiones sexuales, techo de cristal, discriminación de género, y un largo etcétera, por desgracia, innumerable. Una desigualdad ficticia, porque todos somos PERSONAS HUMANAS (o seres humanos) y eso es lo único que nos identifica como especie. En definitiva, SOMOS IGUALES y deberíamos ser iguales ante cualquier organismo, institución, empresa, trabajo, sociedad…, ante cualesquiera otros ojos que no sean los nuestros de mujer.

¡BASTA YA DE DESIGUALDAD!

¡LUCHEMOS POR UN MUNDO HUMANO! ¡LUCHEMOS POR UN MUNDO JUSTO!

¡LUCHEMOS POR EL MISMO MUNDO!

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